Aún torcida, puedes florecer

Cuando entré aquel día al supermercado y vi una hermosa planta de jacinto, llena de botones, enseguida quise ver si podría florecer en casa. Esta planta venía en un recipiente peculiar, con las raíces sumergidas en agua. Leí las instrucciones de la etiqueta y vi que, según lo que decía, sería muy fácil ver las flores del jacinto en poco tiempo. Así que decidí comprarla.

Como a las 48 horas, cuando bajé a la cocina, me encontré mi planta de jacinto completamente caída, el bulbo fuera del envase y la rama con flores apoyada sobre el mostrador.

Después de buscar un poco en Google llegué a la conclusión de que no había mucho que hacer, el peso la había llevado a inclinarse de esa manera y no me quedó más remedio que cambiarla de envase para ayudarla un poco, y aceptarla tal y como era, hermosa pero jorobada. ¿Por qué te cuento toda esta historia? Porque como en todas las cosas de la vida, si prestamos atención, aprenderemos algo.

Quizá ahora mismo te sientes como el jacinto, doblada, tratando de enderezarte para encontrar la luz, pero el peso de todo lo que está pasando es mucho más fuerte que tú. Permíteme alentarte con estas palabras que el apóstol Pablo dirigió a la iglesia en Corinto:

«Por todos lados nos presionan las dificultades, pero no nos aplastan. Estamos perplejos, pero no caemos en la desesperación. Somos perseguidos, pero nunca abandonados por Dios. Somos derribados, pero no destruidos» (2 Corintios 4:9).

Las dificultades van a llegar, sin dudas. Vivimos en un mundo caído donde estas son parte del paquete al que llamamos vida. Y sí, en ocasiones sentiremos que nos estamos doblando ante su peso; no obstante, aunque nos doblen, no pueden aplastarnos porque tenemos a Jesús sosteniéndonos. Podemos florecer, podemos tener un aroma agradable y atrayente aún en medio de las luchas y saber que producirán en nosotros algo que de otra manera no habríamos experimentado.

Esos sufrimientos, tribulaciones, problemas, que nos tuercen y nos doblan, no son casualidad ni algo que a Dios se le escapó y le tomó por sorpresa. ¡Forman parte de su plan para llevarnos a ser como Cristo! Al final, esa es su meta.

¿Qué papel entonces jugamos nosotras en todo esto? Observa lo dice 2 Corintios 4:17-18. Si conoces la historia de Pablo puedes recordar que sus dificultades no eran nada pequeñas: persecución, golpizas, cárcel, enfermedad, falsas acusaciones, y más. ¿Cómo entonces decía que sus problemas eran pequeños? ¡Por su enfoque! Pablo había decidido poner la mirada en aquello que no puede verse a simple a vista, al futuro glorioso con Cristo. Ante esa perspectiva, todo lo demás le parecía minúsculo y temporal.

Nosotras tenemos que tomar esa misma decisión, cambiar nuestro enfoque. Una enfermedad, la pérdida de un trabajo, una relación rota, dificultades financieras, la muerte de un ser querido… todas esas cosas de una manera u otra nos afectan, nos «tuercen». Sin embargo, en Cristo podemos enfrentarlas.

A lo mejor crees que tienes demasiadas «torceduras»; que no eres digna, que Dios no puede hacer nada bueno contigo, que no sirves como mamá, o como amiga, o como esposa… Recuerda que no se trata de nuestra dignidad sino de Jesús, quien hizo la obra por nosotras y ahora, por la gracia de Dios, podemos seguir adelante, con torceduras y todo.

Dios nos ofrece que trabajemos con Él en el presente, con miras al futuro. Las cosas viejas pasaron… ¡pasaron! Él nos ofrece un nuevo comienzo. La cruz no solo nos abrió el camino a restablecer nuestra relación con el Padre y la garantía de la vida eterna; la muerte de Jesús en la cruz nos regala la oportunidad de una vida diferente, renovada, a pesar de nuestras torceduras. Y en el camino Él nos va transformando de gloria, en gloria.

Si Dios ha permitido que estés «doblada», no luches por enderezarte. Aunque parece contradictorio, no lo es. Para estar en este jardín no se requiere ser perfecta. Él es el jardinero perfecto que sabe cómo cuidar de Sus plantas; más aún, Él las creó y sabe que incluso torcidas por las circunstancias y embates de la vida, pueden florecer y mostrar Su gloria.

 

Escritora: Wendy Bello

  • 14.08.2019
  • Consejería