Cuando una iglesia no ama

Esto dice el Señor Jesús a la iglesia en Éfeso: «… tengo en tu contra que has abandonado tu primer amor» (v. 4). Para tomar prestadas las palabras de Pablo, la pureza doctrinal sin amor es como «… metal que resuena o un platillo que hace ruido». Si tengo la doctrina correcta y las prácticas correctas, «… pero me falta el amor, no soy nada». Si disciplinamos a todos los falsos maestros y quemamos todos los planes de estudio heréticos, «… pero no tengo amor, nada gano con eso» (1 Cor. 13:1-3).

Es una pena que la iglesia de Éfeso hizo esto exactamente. Creyeron en las cosas correctas e hicieron lo correcto. Protegieron la iglesia de personas malvadas y de falsos apóstoles. Sin embargo, a pesar de todos los aciertos, abandonaron el amor (Apoc. 2:4). Esto no es un delito pequeño. Recuerda que esta es la primera amenaza que Jesús desea exponer; de entre siete iglesias, Jesús habla primero sobre esta.

Es una amenaza que viene con una advertencia clara: A menos que se arrepientan, Jesús quitará su candelabro (v. 5). Si continúan, perderán el derecho eterno sobre el mismo evangelio que defienden tan apasionadamente. Entonces esta amenaza es seria. Pero, ¿qué significa exactamente haber abandonado tu primer amor (v. 4)?.

Cuando un fariseo le preguntó a Jesús: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?, Él respondió: … ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… Pero Jesús continuó: El segundo se parece a éste: Ama a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas (Mat. 22:36-40). El amor por Dios es inseparable del amor por los demás.

¿Cómo es el amor de Dios exactamente? Este se manifiesta de la manera más gloriosa al enviar a Jesús para salvarnos del juicio. Juan explica: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados (v. 10). Ese sencillo versículo debería alentar tu corazón y afirmar tu mente; si no lo hace, ¡retrocede y vuelve a leerlo! Medítalo; saboréalo. Esta verdad es personal, profunda y sumamente sencilla, todo al mismo tiempo: Él nos amó.

Una vez que la gracia de Dios nos ha alcanzado, es natural que deseemos crecer en nuestro conocimiento de Dios. Pero con demasiada frecuencia, este amor por conocer a Dios se convierte en un mero amor por conocer sobre Dios. Si no tenemos cuidado, Dios puede convertirse en un objeto de estudio impersonal. Y, cuando eso suceda, nuestras cabezas se colmarán con el estudio de la doctrina, pero nuestros corazones se enfriarán a la verdad, la belleza y la gloria del Dios trino.

Cada sermón que preparamos, cada estudio bíblico al que asistimos y cada podcast que escuchamos, deberían conducirnos a un amor más profundo por Dios que nos mueva a responder en adoración, alabanza y reverencia por Él. Esa debe ser siempre la meta. Si no es así, no solo estamos perdiendo el tiempo, sino que nos estamos exponiendo al peligro.

Segundo, un amor profundo por los demás debería fluir de nuestro conocimiento de Dios y Su amor por nosotros. Por lo tanto, «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (v. 8). El amor es la señal inequívoca de un cristiano. El amor de unos por otros no solo anuncia al mundo que seguimos a Jesús (Juan 13:35), sino que también demuestra que Jesús es quien afirma ser (17:20-21).Debemos ser una prueba viviente de la verdad que proclamamos. Entonces, abandonar el amor (Apoc. 2:3) no significa solamente perder tu afecto y celo por el Dios que envió a Su Hijo para salvarnos de su ira; también significa fracasar en amar a los demás.

Debido al amor de Dios por nosotros en Cristo y al ejemplo del amor de Cristo por nosotros, hemos de vivir vidas de auto sacrificio voluntario por los demás. Es posible hacer todas las cosas correctas y no ser iglesia. Es posible defender los valores morales correctos y no ser iglesia. Pero, si practicamos el amor genuino por los demás, le mostraremos al mundo que somos seguidores de Jesús, y que el Padre ha enviado a Su Hijo al mundo para salvar el mundo.

 

Autor: Juan Sánchez  / Escritor de B&H ESPAÑOL

  • 14.04.2019
  • Reflexiones