Dios me escogió para levantar su nombre en las naciones

Soy producto de un hogar sumergido en violencia, alcohol, destrozado por el adulterio e idolatría. Mi mamá sin recursos emocionales para cuidarme decide llevarme a casa de mis tíos y abuela a días de nacida. Mis tíos amargados porque nunca tuvieron hijos, pero mi abuela ya anciana decide darle una oportunidad de vida a esa niña que no pidió venir al mundo.

Siendo un hogar cristiano también carecía de un modelo bíblico correcto, mi abuela sabiamente decide llevarme a su cuarto los primeros años de mi vida donde pasaba gran parte del tiempo. Pero allí también aprendí que orando es como se pelean las más grandes batallas.

Desde muy pequeña burlas y críticas destruían poco a poco mi autoestima. Habían momentos donde compartía con mis padres, pero estaban llenos de violencia. Baja autoestima, violencia contenida, sentimiento de rechazo, cada una de esas cosas se apoderaba más de mí. Mi tía, una mujer muy amargada y rencorosa no perdía una oportunidad para recordarme que era una recogida. Pero algo trastocó mi autoestima nuevamente más allá del abandono, algo daño mi identidad; en un momento dado comencé a ser abusada sexualmente por parte de mi hermano.

Lo que inicialmente pensé que era cariño termino haciéndome sentir sucia y comencé a odiar mi cuerpo. Mi autoestima estaba destrozada. Al cumplir doce años mi abuelita fallece. Mi tía cayó en depresión y se tornó muy violenta; el maltrato físico se convierte en un escape de ira y de frustración para ella. Recuerdo ver en sus manos mechones de mis cabellos, en varias ocasiones fui arrodillada en arroz y hasta en tapas de galletas con agujeros hechos con un punzón y mis rodillas ensangrentadas. Luego fue diagnosticada con un cáncer muy agresivo. Ante esto paso a vivir con una extraña; mi mamá.

Con quince años no encontraba sentido a la vida, pensaba que Dios era muy cruel, que me había traído a este mundo solo para sufrir. Busqué la manera de ir a ver a mi papá, un hombre esquizofrénico y miembro de una secta. En mi ignorancia cuando me enfrenté a él comencé a reclamarle “por qué no me amaste, porqué nunca me buscaste”, muy enfurecido me toma por el cuello y comienza a asfixiarme. En el forcejeo me empuja por las escaleras del condominio donde él vivía. Ahí entendí el amor preservador de Dios para mi vida, no tuve rasguño alguno de ese incidente. Me encerré en mi cuarto por varios días, pensé que el mundo se había acabado para mí, pero algo sobrenatural ocurrió.

Toda la palabra que mi abuelita había sembrado en mi vida comenzó a activarse, comenzó una revolución a mi espíritu. Me enamoré de Jesús, su amor me cautivo. Me restauró, me amó, me reconcilié con mi cuerpo y decidí perdonar. Esa decisión me llevó a experimentar libertad, la libertad que Cristo solamente puede ofrecer. Mi vida cambió y conocí a un hombre maravilloso, Pedro Arroyo, y fue instrumento de Dios para trabajar y restaurar muchas áreas en mi vida.

Un día le pregunté a mi abuelita porqué me llamaba Deborah, su respuesta fue una lección de vida. Dijo “yo jamás te mentiré, cuando tu mamá estaba embarazada veía una novela y la villana se llamaba Débora, también en la casa hubo una perra vieja, gorda y fea y también se llamó así”. Eso provocó que odiara mi nombre, hasta que descubrí que Débora era una mujer de autoridad, gobierno, profetiza y sabia. Comprendí que el diablo intentó dañar lo que Dios había determinado para mi vida.

Deborah significa en hebreo “abeja” y Dios me dijo – te endulzare con miel para que endulces a miles de mujeres dañadas y cambies su amargura con mi palabra. Miel que endulza y sana. Así que Dios transformó mi vida y me puso un nombre nuevo. La Abeja Reina.

Hoy viajo el mundo con mi hermano, que también es pastor, testificando a las naciones el poder del perdón.

  • 18.12.2018
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