¿Dónde está vuestra fe?

No sé cuánta fe encontrará el Señor a su regreso, pero en tanto que el día dura, debemos sembrar y no desmayar.

Aconteció un día, que entró en una barca con sus discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del lago. Y partieron. Pero mientras navegaban, él se durmió.
Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban. Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro, Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza. Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen? (Lucas 8:22-25)

Probablemente, el Señor no estaba preocupado porque sabía que Su Padre tenía todo bajo control. O quizá, creía que Sus discípulos eran capaces de resolver una situación como aquella. Cuando estos hombres despertaron a Jesús, mostraron ansiedad y desesperación, lo cual evidentemente le molestó al Maestro. La pregunta lleva un tono de reprensión: ¿Dónde está vuestra fe? Jesús no dijo que ellos no tenían fe. Más bien, la expresión sugiere que sí la tenían; el problema era que no la usaron en el momento necesario. La fe estaba en ellos, pero no aprovecharon el maravilloso recurso que Dios les había concedido.

La fe no funciona automáticamente; hay que activarla en el momento necesario. Tenemos que poner la fe en acción sin esperar que lo hagan otros; debemos ejercitarla. Muchos problemas de los cristianos no se deben a falta de recursos, sino más bien a no utilizar los recursos que Dios pone a nuestra disposición. Algunos creen que la fe es exclusiva y para ciertas personas especiales. Esto tal vez suceda porque algunos predicadores suelen proyectarse como portadores de una fe especial. Se sienten como la abeja reina, y creen que ellos y solo ellos comen de esa jalea real llamada fe.

Sin embargo, observemos la consideración del apóstol Pedro. Sí, Pedro, el mismo con cuya sombra se sanaban los enfermos. Él escribió sus epístolas a los creyentes, no a ministros especiales: Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra. (2 Pedro 1:1)

Pedro declara que, por la justicia de Jesucristo, usted ha alcanzado una fe tan preciosa como la de él y los demás apóstoles. La fe que ha recibido de Dios no tiene nada que envidiar a la de nadie. Si la utiliza como Dios quiere, hoy mismo verá la gloria del Señor en su vida.

Algo que también impulsa a algunos creyentes a sentirse de segunda categoría es la unción extraordinaria y superior que puede tener otro. No dudo que Dios pueda dar una particular unción o gracia a una persona. Con todo, eso no la hace superior al resto de la familia de la fe. El apóstol Juan declara: «Pero vosotros tenéis la unción del Santo» (1 Juan 2:20). El Santo es el Señor, y si usted tiene la unción del Señor Jesús, no necesita la de nadie más.

Esto es maravilloso. Como Dios está en su vida, usted tiene una fe tan preciosa como la de Pedro, y también tiene la unción de Dios. Además, el mismo Dios que llamó al profeta Elías, nos llamó a nosotros para un propósito santo. Los ojos del Señor vieron nuestro embrión al igual que vieron el de David (Salmo 139:6). Y a usted, tanto como a Pablo, Dios lo escogió desde antes de la fundación del mundo.

¿Cuál es la diferencia entre todos estos hombres de Dios y usted? Ninguna. Ellos descubrieron estas realidades y se gozaron; las proclamaron y vivieron por ellas. Si usted hace lo mismo, vivirá plenamente.

Del libro: Secretos de fe (B&H en Español)

 

Autor: Dr. Luis Ángel Díaz-Pabón / Autor de la Biblia del Pescador

  • 14.04.2019
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