Seguridad en Dios en medio de las circunstancias

Una tarde me dirigía con mis hijos de la escuela a nuestra casa. Junto a mi esposo decidimos rentarla porque tenía suficiente espacio para criar a nuestros tres varones que saltaban, corrían, montaban bicicleta en el patio y disfrutaban jugando en el cesped. En el vehículo cantábamos juntos porque mi corazón rebosaba de agradecimiento. Desde la niñez fui criada en el evangelio y era muy consciente de que aún en medio de tantas pruebas, el Señor siempre había estado con nosotros.

Al acercarnos a nuestra calle, observamos una columna de humo en el aire y antes de que pudiera preguntarme de qué se trataba, sonó mi teléfono. Era mi esposo con una frase que nunca olvidaré: “Amor, ¿dónde están?, los vecinos me están llamando para decirme que nuestra casa se incendia”. Tragué en seco, y como en cámara lenta, vi pasar a los bomberos y las patrullas de policías.

Al llegar, bajé del vehículo y tomé al bebé en brazos. Lo que había sido nuestro nidito de amor, era ahora una bola de fuego. Desde la mitad de la calle observaba las ventanas estallar, los cristales volaban por todas partes, mis buenos vecinos ayudando a traer agua, y los bomberos arriesgando sus vidas en medio de las explosiones.
Un grito salió del fondo de mi alma. ¡Bendito sea Dios! ¡Gracias Señor porque mis hijos están aquí conmigo, y porque tú, que eres mi posesión más preciada, también estás en mi corazón! “Está en shock”, dijeron mis vecinos. Pero les dije que no, que aquella terrible tragedia no era el fin del mundo y que Dios esconde propósitos inescrutables detrás de las adversidades. “Se puso loca de la pena”, diagnosticó una abuelita. Le sonreí y le dije: “No abuela. No estoy loca, es la seguridad de que nuestro Padre Celestial sigue siendo bueno a pesar de que nos esté pasando todo esto”.

Mi esposo llegó al lugar y no me extrañó verlo sonreír mientras venía a abrazarme. Sabíamos que nuestra fe ya había sido entrenada en diversas pruebas y que ésta no sería más que otra oportunidad para experimentar a nuestro Dios en facetas donde todavía no lo habíamos conocido.

Cuando nos permitieron entrar a la casa, fui a nuestra habitación y solo encontré cenizas flotando en el agua. Las llamas lo consumieron todo, pero dentro del armario había una caja que no se quemó. Hacía unas semanas que había recibido un paquete de una buena amiga y decidí conservar la caja para guardar documentos importantes; la tomé y le di Gloria a Dios cuando comprobé que todo estaba intacto.

La algarabía de mis hijos me hizo ir a la sala. Los encontré reunidos alrededor de la pecera, aplaudiendo. “¡Mami, Papá Dios salvó a nuestros pececitos!” Yo no lo podía creer. Estaban vivos, tanto o más felices que mis hijos.

Cuando la euforia del momento se disipa, la realidad te golpea en la cara. ¿Dónde vamos a dormir esta noche? y ¿Qué ropa vamos a usar mañana? Pero no hubo pánico. La Palabra de Dios sembrada en nosotros era fortaleza, fe y seguridad de que no estábamos desamparados. Su Palabra era una fuerte ancla del alma que nos mantenía aferrados a sus promesas: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor —, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. Me buscarán y me encontrarán cuando me busquen de todo corazón. Me dejaré encontrar —afirma el Señor —, y los haré volver del cautiverio. Yo los reuniré de todas las naciones y de todos los lugares adonde los haya dispersado, y los haré volver al lugar del cual los deporté», afirma el Señor. -Jeremías 29:11-13 NTV

Los planes que Dios tiene para ti son el bendecirte en la misma medida en la que te deposites en sus manos. Él te llama a su presencia, a sumergirte en su Palabra y a empoderarte para enfrentar lo que sea que este año traiga para ti; de manera que en cada prueba, puedas adquirir un mayor conocimiento de Él y ser un creyente triunfante y victorioso.

 

Autora: Zelandia Almonacid / Conferencista,  Pastora de jóvenes

  • 09.02.2019
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